Una migración estudiantil que forjó el carácter de una generación y que contrasta profundamente con la realidad de nuestros jóvenes de hoy en Esmeraldas.
Para muchos esmeraldeños, el primer gran éxodo hacia las grandes ciudades no fue por falta de trabajo, sino por hambre de conocimiento. En las décadas donde las vías de comunicación terrestres eran casi un mito, alcanzar el tercer nivel educativo obligaba a los jóvenes a salir de la provincia.
El esmeraldeño debía realizar travesías durante días para llegar a Quito o Guayaquil donde estaban las universidades. Ese sacrificio forjó a una generación de profesionales que, al llegar a las metrópolis, no solo tuvieron que adaptarse al frío o al asfalto, sino a un sistema que a menudo los miraba con el peso de los estigmas.
Robert Valencia fue uno de los esmeraldeños que vivió ese éxodo académico. Él recuerda que el primer desafío fue la adaptación al nuevo sistema de vida en una ciudad más grande que la suya; Guayaquil. Pero el mayor reto estuvo en clase. “Yo era el único negro en el salón de clases, algunos compañeros demostraban sus prejuicios, nos hacían bromas de racismo o nos decían frases como: “él no sabe” o nos querían ‘obligar’ a solo participar en actividades deportivas o de baile”, detalla.
No caer en las provocaciones con violencia le permitió no solo obtener su título en Comunicación Social, sino dejar un legado de amistad y arraigar el concepto de que los esmeraldeños también pueden ser más que deportistas o bailarines. La referencia de pujanza de Robert fue el exdiputado esmeraldeño del Congreso del Ecuador, Jaime Hurtado, quien demostró que un negro sí puede ocupar puestos de tomas de decisiones, o estar en espacio ‘exclusivos’ para blancos.

«Estudiar siempre ha sido nuestro mayor acto de rebeldía. Cada título de esos primeros migrantes estudiantiles fue un golpe directo a los estigmas raciales.»

Las universidades en Esmeraldas redujeron la migración
Ese viaje de estudios era también un viaje cultural. Como constatan documentos del Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Esmeraldas (PUCESE), el estudiante afroesmeraldeño se convirtió en un embajador involuntario. Nuestra gente defendió su acento, compartió su gastronomía y abrió el camino para el reconocimiento de la negritud en la academia ecuatoriana.
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Hoy, el panorama ha cambiado radicalmente. Cuando vemos a los jóvenes abriendo sus cuadernos en los campus de nuestra única universidad pública, la Técnica Luis Vargas Torres (UTLVT), o en la misma PUCESE sin tener que abandonar su tierra, presenciamos el fruto de una lucha histórica. Ya no es obligatorio el destierro para ser profesional. Sin embargo, el desafío es que esa academia local se siga fortaleciendo para que el talento transforme su propia provincia.
La PUCESE que desde 1974 tiene presencia en Esmeraldas. En diciembre de 2025 adquirió el Fondo Bibliográfico de Estudios Afro y Negro. “Esto es un patrimonio material inmaterial de la humanidad”, lo resume Isabel Padilla, representante de la Pastoral Social en Esmeraldas. En el caso de la Vargas Torres, creada en 1970. Desde hace dos años ya cuenta con su acreditación académica entregada por el Consejo de Aseguramiento de la Educación Superior (CACES). Además, amplió su oferta académica.
La historia de nuestra diáspora educativa nos recuerda que el intelecto afroecuatoriano es pilar del desarrollo. Recordar esos viajes interminables es honrar a quienes abrieron el camino para que hoy la etnoeducación y la profesionalización en casa sean un derecho.

Datos para recordar
.El hito local: La UTLVT fue creada en mayo de 1970. Su creación cambió el acceso a la educación superior en la provincia de Esmeraldas.
La PUCESE tiene a disposición de la comunidad el Fondo Bibliográfico de Estudios Afro y Negro.
Llegar de Esmeraldas a otras universidades del Ecuador podría tomar días, antes de los años 80.
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